por

Circo de Piedrafita.

Mi amigo Alberto me regala un libro, escrito por el, a la salida de una proyección de

montaña. Se titula:

CRÓNICA PIRINEISTA DEL VALLE DE TENA (1900-1950).

 X y XI PREMIOS DE INVESTIGACIÓN “VILLA DE SALLENT”.

ALBERTO MARTINEZ EMBID

 

Al llegar a casa, animado por el título y conociendo a Alberto Martinez, ya sé que me

va a contar historias de los pioneros y que van a ser abundantes. El nombre de

Sallent me anima aún más, porque fue el primer pueblo del Pirineo que pisé para

hacer montaña.  Y cuando pongo el lomo del libro en mi mano derecha, pasando

las hojas con el pulgar de mi izquierda desde el final hacia el principio -en un gesto

aún no explicado, que vengo haciendo algunas veces-  y dándome cuenta de qué

casi todo gira alrededor del Balaitús y de sus crestas, quedo definitivamente

enganchado. También me llama la atención y me asalta una cierta inquietud al ver

la proximidad que hay en la edad, entre las suyas y la mía, puesto que siete años

después de que acaben estos relatos hago el Balaitús, siendo la primera montaña

que subo en mi vida. Y me choca la idea de proximidad en el tiempo, de estos,

pioneros-héroes, cuyos nombres he oído y he nombrado muchas veces, puesto

que están en picos, crestas, guías y vías, pero que al mismo tiempo por una visión

analfabeta, los percibía lejanísimos, heróicos si, pero casi vetustos.

Corrijo y leyendo los relatos me he dado autenticas palizas con ellos subiendo y

bajando gleras, contorneando agujas y pisando cimas. Vaya gozada.

Esta lectura me ha hecho recordar historias de montaña que fueron las primeras

de mi vida y que se desarrollaron en el Circo de Piedrafita.

Para mí eran tiempos en que la palabra circo, lo único que me traía a la mente,

eran trapecistas, elefantes o payasos. Esto cambió gracias a Cintero, osea Angel

Lopez,(al que habíamos conocido , no hacía mucho en Mezalocha) que me invitó

a formar parte de un nutrido grupo que iban a subir en Semana Santa al circo de

Piedrafita. Tenía dieciséis años. Por lo cual tramité los pertinentes permisos en casa.

Abril de 1957.

Ya estamos en marcha. Canfranero a reventar hasta Sabiñánigo. Tensina a Sallent,

luego a andar. La Sarra, paso del Oso, Llanocheto, refugio Alfonso XIII. Todo nuevo

para mi. Campoplano, ibón de Respomuso (que entonces decíamos Respumoso),

ibón de las Ranas. Y nieve, nieve por todos lados. Y con aquel calzado. Unas botas

con las suelas mas blandas que unas zapatillas de ahora y cubriendo el empeine

una tela que se empapaba en cuanto pisabas nieve. No importaba. Había mucho

que ver. Por la noche las metíamos en el saco intentando secarlas.

Al día siguiente subimos al Balaitús por la brecha Latour  y al otro, a la Gran Fache

por el collado y la arista. Nos parecieron fáciles, salvo pequeño atasco en el corredor

por el que subimos en fila haciendo huella pisando.

Al cuarto día bajamos a Sallent y cogimos la Tensina camino de Zaragoza. Se había

acabado la excitante mini-vacación.

Aunque creo que nadie del grupo había hecho las Crestas, alguno se sabia de

memoria todos los nombres de picos, puntas o agujas, Tridente o cuernos incluido.

Hablaron mucho de ellas, de oídas, de sus recorridos, que si desde el Norte o por el

Sur y nosequienes habían empalmado las tres seguidas. En el tren ya casi no cabía

en mi cabeza otra cosa que volver, para montarme y recorrerlas, solo las del Diablo

¡eh!. Las que iban del Cristales al Sulano. Pero no era fácil. De donde sacar tres o

cuatro días, porque dos ya se empleaban en ir y volver. Luego estaba lo del dinerito.

Además habría que convencer a mis compañeros habituales.

Bueno, podría ser en vacaciones, en aquel entonces se daban casi en bloque para

todo el pais el día 18 de Julio. (doce días laborables, más dos o tres domingos).

Así que se trataba de esperar tres meses, porque lo de los compañeros, resulto

fácil. Con Mustienes y Lacasta planeamos todo y en la espera se nos unió Esteban

de Pablo, compañero de trabajo de Lacasta, mayor que nosotros y hombre sabio.

Cuando llegó la fecha, nosotros tres nos adelantamos dos o tres dias, porque

Esteban no podía venir antes. (Menos mal).

Ver planteamiento: Actividades y comida. -Los jóvenes en un ataque de bisoñez-

Primer día: Fiambrera de casa para el viaje.  Segundo día: Desayuno. Bote de leche

condensada con agua del ibón y galletas Maria. Comida, como estaremos escalando

“comida de ataque” puñado de pasas. Por la noche pastillas de caldo de gallina y

lata de sardinas. Tercer día, “comida de ataque”, puñado de almendras e higos

secos. Cuarto, “comida de ataque”… Quinto, “comida de ataque”……

Pues ya está, primero vamos a las Crestas del Diablo, al día siguiente chimenea de

Carlos-Eduardo, al otro a aquello de más allá, después….. ¡ Bien, ya está !

El 18 salimos de Zaragoza, tren, tensina y caminata, por la tarde estamos en el

refugio, nos cepillamos los restos de fiambrera y a los sacos, que mañana habrá que

madrugar. Y eso es lo que hago, porque soy el que menos duerme, aún no hay luz

pero asomo el hocico por la puerta. Mustienes me ha oído y pregunta: ¿Nos

levantamos?. Meto la cabeza y le contesto: No, que está nevando. Comentario.

¡Como va a nevar, el 19 de Julio!

Pues claro que nevaba. Y ventisqueaba con una furia que no nos dejaba salir más

que para lo que os imaginais y el ir a por agua, nos lo jugábamos a los chinos.

Allí, cercados por la ventisca estuvimos dos días y medio, tiempo suficiente para

liquidar la “comida de ataque” de toda la semana, porque la ganica de comer no

se nos fue por la inactividad y con tanto tiempo libre…..

El 21 por la tarde, creo, mientras el tiempo amainaba, apareció Esteban de Pablo

cargado con una pesada mochila, llena de comida, de la de verdad y varios kilos de

pan. El bueno de Esteban ya se barruntaba algo de esa “panda de indocumentaos”.

Nada más llegar, nos preparó un arroz en paella con calamares, huevos duros y

tiritas de pimiento…. y pan.

Con el alborozo de su llegada y la del buen tiempo, la panza llena, al día siguiente

nos fuimos a las Crestas del Diablo. En dos cordadas. Primero subir al Cristales,

luego descender por el Este y contornear por el Norte por debajo de la cumbre y

entrar a pie llano en las propias crestas.  El día parecía bueno, la roca era excelente,

(para los que nos habíamos hecho en Mezalocha) y todo se desarrollaba bien, hasta

que a la mitad y con unas nube de nada, se formó una tormenta de agua

considerable.

Abandono, por unanimidad. Comenzamos a destrepar  desencordados, buscando un

lugar para rapelar, era fácil pero al estar mojado Lacasta resbaló, dio varias vueltas,

para terminar con una acrobática vuelta de campana de espaldas, a medio metro

del cortado, clavando los pies no sé donde y las manos apoyadas en la roca y en

una de ellas, la cuerda que había cogido mientras caía y que no le hubiese servido

de nada, puesto que no estaba sujeta a ningún sitio. Mientras los demás nos

quedamos mudos y ojipláticos. Pasado el susto, continuamos buscando bajada y

con un solo rapel llegamos al suelo, encaminándonos hacia el refugio, donde nos

esperaban las delicias culinarias de Esteban. El tiempo empeoró, no tanto como los

primeros días, pero si lo suficiente como para no salir del refugio, hasta acabar con

las vituallas de Esteban justo cuando acababa la semana proyectada en el Circo.

Una noche, durante la cena, ocurrió un hecho paranormal. El de siempre preparó

huevos frescos abiertos en tomate, uno para el y otro para mi, en una fiambrera

donde nos repartíamos fraternalmente las untadas en el tomate. Y en otra

fiambrera para Mustienes y Lacasta, aunque lo hizo igual (dos huevos con

tomate) no resultó lo mismo. Estaban tan abstraídos en el unte del tomate,

que ninguno de los dos se percató del acontecimiento que iba a ocurrir. De

repente Lacasta exclamó “¡Pero, donde está mi huevo!”. Mustienes con su cara de

niño inocente, la mano suspendida en el aire con un trozo de pan goteando

tomate contestó. “Pues no lo sé”. Entonces dijo Lacasta. “¡Pero, como no lo vas

a saber! ¡Que te has comido los dos huevos!”. Mustienes con un gesto de

perplejidad le contestó vacilante. “Pues.. no me he dado cuenta”.

Yo creo a Mustienes, (no se dio cuenta) ¡pero tanto como paranormal!

Pasada la semana y sin estrenarnos en Piedrafita nos bajamos a Sallent donde mis

tres compañeros montaron en la Tensina camino de Sabiñánigo-Zaragoza.

Yo, aún tenia otra semana de vacación y había quedado en el mismo Sallent con

Montaner, que me dijo, vendrían con el “Super” (un coche de los años 1920-30

que compraron los mayores y pusieron a punto, para ir a aquellos lugares a los

que no llegaba el tren). Con Montaner, aparecieron Rabadá, Bescós y Nanin.

Me recogieron y nos fuimos al Midí d’Ossau. Pero esa fue otra historia…

 

1958

Al año siguiente, también en Julio, volvemos Lacasta y yo a Piedrafita con la

intención de ir solo a las Crestas del Diablo.

Por la mañana salimos del refugio envueltos en la niebla, sin mucha fé en el

tiempo. Llegamos hasta ellas, pero ni siquiera entramos, escarmentados del año

anterior. Vamos descendiendo, mientras deambulamos por las gleras, sabiendo

que el día está perdido. Hasta que de repente va aclarando y se despeja. El sol

nos cae a plomo. Nos hemos equivocado. Ahora estaríamos a mitad de crestas.

Abrimos una lata de sardinas. Estamos frente a las crestas LeBondidier.

¿Vamos?. Venga.

Al principio son divertidas, la pared está casi vertical, hemos empezado desde lo

más bajo y vamos rectos. Después comienza a tumbarse y sigue entretenida la

trepada, pero llega un momento en el que ni se trepa ni se anda. Comenzamos a

aburrirnos, hace calor y en la primera oportunidad propicia nos desmontamos de

la cresta por su izquierda y nos volvemos al refugio. Al día siguiente nos volvemos

a Sallent donde habíamos quedado con Montaner. Apareció con Pepe, Mustienes

y Soriano. Y en un taxi rural, nos llevó a Panticosa-Balneario. Para al otro día,

conducirnos por Brazato y Ara, a la cara Norte del Vignemale a vivir en Villa

Meillón, un pedrusco con agujero en el suelo, antes de que hubiera refugio.

Pero esto también es otra historia.

Este mismo año y mes volvimos a pasar por el Circo de Piedrafita, venimos de

Wallon camino de Sallent y digo bien, pasar, porque íbamos disparados hacia

Zaragoza. No quedaban más días.

 

Año 1959.

Julio por supuesto. En estas vacaciones no nos planteábamos hacer nada en

Piedrafita, pero sí, teníamos que pasar por allí de vuelta a casa.

La idea central era ir al Vignemale, a la cara Norte de la Pique Longe y lo que

cayera.  Éramos tres marchadores y cuatro escaladores. Comenzamos a

caminar en la pradera de Ordesa hacia la Brecha Rolando. Refugio Sarradest.

Gavarnie. Vignemale, refugio Baiselance. Por motivos extra-alpinos, cambió la

idea original, solo estuvimos allí un día y se continuó hacia Pont d’España y

Coterest, luego aterrizamos en el refugio de Wallon donde quiso la casualidad

que conociéramos a un chico de catorce o quince años, avispado y deseoso de

conocer las supuestas hazañas de los escaladores españoles. Como pasamos

la noche allí, tuve la ocasión de charrar bastantes ratos con el, teniendo en cuenta

que ni el ni yo hablábamos el idioma del otro.  Al día siguiente, por la mañana,

antes de despedirnos el entusiasta muchacho me contó que cuando fuera mayor,

quería hacer las Crestas del Diablo. Le hice un gesto de complicidad y le deseé

suerte.  Más despedidas y nos encaminamos hacia Piedrafita por el collado de la

Facha, camino de Sallent y Zaragoza. Pero al llegar al refugio de Piedrafita me

doy cuenta de que me quedan tres días de fiesta. El grupo sigue hasta Sallent y yo

decido quedarme allí, aunque sea solo. Quizás aparezca alguien. Duermo en el

refugio y a la mañana siguiente al ver que por allí no aparece nadie, se me enciende

la bombilla, me acuerdo del chico de las Crestas.. Bueno, a ver si lo dejan….

Así que cojo la mochila y me voy a Wallon, lo encuentro, le pregunto si quiere venir,

me dice que sí, se mete para adentro y al rato sale con dos bocadillos de pan blando

con queso envueltos en una servilleta y la mochila. Nos vamos (para mi volver) al

refugio de Piedrafita. Al llegar nos encontramos con dos catalanes. No hablan

mucho, pero cuando se dan cuenta que nos metemos en los sacos sin cenar, nos

dan unas pastillas de Avecren para hacernos una sopa. Por la mañana sin

desayunar caliente (en mi mochila solo quedan restos, polvo de galletas y alguna

pasa-almendra) salimos, nos subimos al Cristales. Cima a las ocho de la mañana,

tres horas más tarde estamos en el Soulano. Todo ha ido sobre ruedas, el chaval

funciona de maravilla, aunque todo tenemos que solucionarlo con gestos y silbidos.

Yo voy mientras hay cuerda, luego tiro de ella y el me sigue. No pregunta nada, el

sigue y sigue, trepando. Me sorprendo del horario. Y mi cabeza empieza a bullir,

¿por que no hacemos las de Costerillou?   Para bajar hay que ir al collado entre el

Soulano y las de Costerillou, pasamos de largo una falsa brecha y en la segunda

(que es el descenso) mi compañero se para y señalando hacia abajo dice “par ici

par ici“. Lo sabe de sobra. En Wallon, el día que lo conocí, me había enseñado

una guía Ollivier.  Yo como no entendiendo, me hago el loco y avanzo cincuenta

metros por las de Costerillou. El grita, “no, no”.  Pero con el francés que yo sé,

como le explico ahora y lo convenzo de que son las once de la mañana, hace un día

espléndido y tenemos la oportunidad y el tiempo de sobra para llegar al Balaitús.

Tiro de la cuerda para que venga hacia donde estoy y pienso que el piensa (este

español se equivoca o está pirado y nos vamos a meter en un buen lio). Cuando

está más cerca, señalando con el brazo hacia delante le grito: Balaitús, Costerillou-

Balaitús. Cuando comprende que lo que no quiero es bajar, sino seguir, parece que

se tranquiliza y no le disgusta la idea. Así que seguimos a buen ritmo aunque un

poco más cansados, sin encontrar mucha dificultad, salvo un paso corto en la

Torre de Costerillou, de quinto, más o menos, llegamos a la cima del Balaitús a

las tres de la tarde.

Nos felicitamos mutuamente. Estamos muy contentos.

El día sigue bueno y casi nos fastidia que se acabe. Enfilamos hacia la brecha

Latour que ya conozco y nos vamos al refugio. Nada más llegar, nos separamos,

Francois recoge su mochila y se marcha a Marcadau-Wallon. (Nunca lo he vuelto

a ver). Aún le quedan tres horas y media de actividad ¡vaya jornada!. Yo me quedo

a dormir.  Como ya no están los catalanes, no hay sopa. Y a la mañana siguiente

me bajo a Sallent, sin desayunar por supuesto.

Entré en la Fonda Faure y pedí una comida, no era habitual en mí, comer en

restaurante, pero aparte del billete del tren, tenia uno de cincuenta pesetas. Me

cobraron treinta y me quedó para pagar la Tensina, a la que me subí sujetándome

la barriga, camino de Sabiñánigo-tren. Fin de vacaciones.

Con Francois Bombalot, aún nos carteamos un par de veces y me mandó la foto en

la cima del Balaitús. Lo último que supe, es que estuvo en el final de la guerra de

Argelia y que por los tiempos que corrían, le tocó un reclutamiento de cuatro años.

Un tiempo después una de las cartas no tuvo contestación y aunque indagué por

medio de unas amigas de Lourdes y del C.A.F.(aquella dirección, ya no funcionó).

Nunca supe de el.

 

El año 1960. No fui a Piedrafita, porque  fui a Alpes, a una estancia para monitores

de la E.N.A.M.

 

Pero al año siguiente, pude ir con un numeroso grupo en una temprana Semana

Santa, ubicada en la última semana de Marzo.

El grupo en general, iban al Balaitús y  la Facha. Pero el primer día convencí a

Toñin Vicente y nos escaqueamos saliendo un poco antes, yéndonos a las Crestas

del Diablo. Subimos al Cristales con crampones, en las crestas no los usamos y

nuevamente en el Soulano para bajar. El día salvo niebla mañanera, salió

espléndido. Del Cristales al Soulano empleamos cinco horas. Preciosa travesía.

Y aunque estábamos en la cima, a la una del mediodia, la bajada fue laboriosa,

destrepada con un rapel de quince metros al final y llegamos al refugio de noche.

 

Al día siguiente cumplimos con parroquia acompañando al grupo a la Gran Facha.

Los dos días fueron preciosos.

Una vez en Zaragoza, afloró algún quisquilloso, diciendo “eso no es una invernal,

el invierno termina el 21 de Marzo”.  Pues muchas gracias. Como si nosotros

no lo supiéramos.

 

Pasados los años, aún  hubo varios episodios, propios y ajenos, que sucedieron por

Aguas Limpias en pos de las Crestas del Diablo, que no culminaron en positivo.

Ciñéndome a las propias, que son las que mejor conozco, destacan dos que

terminaron chuscamente.

La primera, salimos de Formigal el día Nochevieja, para llegar al refugio el día

de Año Nuevo con un tiempo imposible, todo cubierto, sin luz, sin ver el cielo ni

un segundo. Como dentro del refugio y en parado teníamos más frio que fuera en

movimiento, duramos poco allí. Y aunque sabíamos que habíamos hecho una

tontuna y que nos ibamos a volver sin hacerlas, ya que estábamos allí, podíamos

subir hasta el Cristales, por si cambiaba el tiempo  ¿? cosa que hicimos con

crampones y envueltos en una espesa niebla. En la cima comimos alguna cosa y

cuando ya los pies, se nos estaban quedando de madera, comenzamos el descenso,

y sin parar llegamos a la Sarra-Formigal. Esto ocurrió en el ¿69? con Carmelo Royo

y Oscar, un muchacho de Pamplona, que ayudaba a  llevar en verano, el refugio de

Goriz a Toni Martí. Más adelante se casó con una canaria, se fue a vivir al calorcito

de las Islas y espero que se haya templado ya.

 

En la segunda, el embarque-tontuna fue para nota. En otro final-principio de año,

éramos tres, creo, aunque no recuerdo los nombres. El tiempo infernal, sin parar

de nevar. Nos hundíamos hasta las ingles. Como no podíamos sacar las piernas

de la huella, optamos por tirarnos de espaldas, luego pisando por turno, hacíamos

trinchera para avanzar. Esta vez también pretendíamos ir a las Crestas.

Una vez que estuvimos ya maduros, bien agotados, bien chipiados  y rebozados

como  albóndigas en harina, sin un centímetro de ropa seca, llegamos a

Llano Cheto después de seis o siete horas de brega. Cualquiera que lo conozca

sabe, que en condiciones normales cuesta una hora. Allí mismo dimos la vuelta.

Sobresaliente Cum Laude.

Durante la vuelta siguió nevando hasta que estuvimos dentro del coche. Después

tambien.

 

 

  1. Desde luego, Gregorio: ¡tus historias sobre el Balaitús son más interesantes que las mías…! Si lo llego a saber, estiro mi crónica unos añitos más… Un saludo cordial…

  2. Alberto: ¡No será para tanto! En cuanto a tu crónica, está muy bien como está. Un abrazo.

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